«Lo que sucedió con Karen Sevillano no me sorprende»: racismo, medios y la patología del mestizaje

 «Lo que sucedió con Karen Sevillano no me sorprende»: racismo, medios y la patología del mestizaje

Por: Jonh Jak Becerra Palacios

A raíz de los hechos ocurridos en la emisora Mix en Bogotá con la influencer afrocolombiana Karen Sevillano, la reacción de la sociedad —en particular de la blanquitud colombiana y su versión mestiza— no me ha sorprendido en absoluto. Porque este país, con su historia mal resuelta de esclavitud, colonia y blanqueamiento simbólico, no reacciona desde la justicia, sino desde la negación. No hay novedad en que, ante un hecho de violencia antinegra, surjan voces que, sin pudor, digan: «Eso es solo humor». ¿Qué tipo de país justifica el racismo estructural llamándolo “comedia”? Colombia.

Las redes sociales se llenaron de comentarios como: «Si ella fue a Mix, sabía a lo que iba» o «Ese es su formato: humor negro». Y aquí es donde la enfermedad se vuelve sintomática. Porque como afirma Fanon en Piel negra, máscaras blancas, «el problema del negro no es el negro. Es la mirada del otro». Y esa mirada —que patologiza, exotiza, burla y deshumaniza— no ha dejado de reproducirse. Los medios no son neutrales: son dispositivos ideológicos que se comportan como vectores de contagio simbólico. Y si adoptamos un enfoque epidemiológico del racismo, como patología estructural y sistémica, podríamos decir que el racismo es una pandemia constante con brotes recurrentes y tratamiento institucional insuficiente.

En mi propio caso, cuando denuncié ante la Fiscalía a compañeros de la empresa A.R. Los Restrepos S.A.S. por hostigamiento racial, lo que encontré no fue justicia, sino la risa. «Sí, lo llamábamos gorila, King Kong… pero era jugando. Él es de mal genio». Como si la deshumanización mereciera la indulgencia de la risa. El racismo, en Colombia, se justifica si se pronuncia entre carcajadas. Se esconde detrás del disfraz del chiste. Pero, ¿cómo puede haber humor en la negación de tu humanidad?

Ese mismo patrón lo replican los medios. Cuando Karen fue violentada simbólicamente, la mayoría de titulares dijeron: «Un supuesto caso de racismo». ¿Supuesta? ¿Qué más se necesita? ¿Una agresión física? ¿La repetición histórica no basta? ¿No basta que, día a día, los cuerpos negros sean sospechosos por su sola presencia? Angela Davis escribió que «la prisión no comienza con los barrotes, sino con la idea de quién debe estar tras ellos». En Colombia, la sospecha empieza en la piel. 

Tomemos el ejemplo reciente de un niño afro de 12 años, en Ciudad Bolívar, que salió en bicicleta a hacer un mandado. Fue arrestado por la Policía. ¿El delito? Ser negro en una bicicleta. La sospecha automática: «Se la robó». ¿Dónde está la igualdad constitucional cuando la infancia negra es criminalizada desde el juego?

Ta-Nehisi Coates, en Between the World and Me, nos advierte que el cuerpo negro no le pertenece ni a sí mismo. El Estado lo vigila, lo regula y lo sanciona. Y en Colombia, esa sanción es cultural antes que jurídica: es social, simbólica y mediática. Es un sistema inmunológico nacional que expulsa al cuerpo negro de la noción de ciudadanía plena. 

El racismo no es un acto aislado. No es un evento. Es un sistema. Y como todo sistema, se mantiene gracias a dispositivos de legitimación. Uno de ellos es la narrativa del mestizaje. Esa ideología que dice: «Aquí no hay blancos. Todos somos iguales». Pero lo que enuncia como inclusión es, en realidad, una estrategia de borramiento. Como he señalado antes en La falacia del crisol de razas, el mestizaje en América Latina no eliminó el racismo, lo camufló. La blanquitud no se define aquí solo por el color, sino por el acceso. A los recursos. Al lenguaje. A la inocencia.

Cuando el conductor de la empresa A.R. Los Restrepos entró un día al comedor y gritó: «Los negros no son gente», lo hizo con una sonrisa. ¿Eso es humor? No. Eso es poder hablando sin censura. Eso es racismo con licencia cultural. Como dijo bell hooks, «el patriarcado blanco supremacista capitalista se manifiesta a través del entretenimiento». Y Colombia consume ese entretenimiento con devoción: burlas, memes, estereotipos, novelas, programas matutinos.

Uno de mis propios familiares, en WhatsApp, compartió la frase: «Trabajando como negro para vivir como blanco». Y cuando le pregunté qué significaba eso, me dijo: «Es solo una frase». Pero las frases son síntomas. Como los estornudos de una gripe o los brotes de una infección. Esa frase condensa la historia de la esclavitud, la aspiración a la blancura como salvación, y la idea de que el trabajo del negro solo tiene sentido si lo conduce a parecerse al blanco.

Fanon decía que «la colonización no se contenta con imponer su ley sobre el presente, sino que aspira a borrar el pasado y moldear el futuro». Por eso no basta con denunciar. Hay que deconstruir. Y para ello, necesitamos una narrativa que articule la violencia simbólica con la violencia estructural. Porque cuando en Mix se dice que los negros deben usar betún en vez de bloqueador solar, no es una frase cualquiera: es una miniatura de todo el aparato colonial.

Los medios no necesitan usar la palabra “negro” en tono despectivo para ser racistas. Basta con que normalicen una narrativa donde la negritud solo existe como objeto de burla o sospecha. Baldwin escribió: «Ser negro en Estados Unidos y estar relativamente consciente, es estar en estado de rabia casi constante». Esa frase es extrapolable a la Colombia de hoy.

Dick Gregory, pionero en el uso del humor como arma crítica, decía: «Aquí no servimos gente afroamericana». Y él respondía: «Perfecto, no me los iba a comer. Tráigame un pollo». Ese humor desenmascara. No disfraza. El humor puede ser radical. Pero lo que hacen muchos medios no es humor, es linchamiento simbólico.

La normalización del racismo antinegro en Colombia no es casualidad. Es estructural. Es funcional al sistema. Porque el racismo sirve para algo: para ordenar, para excluir, para producir miedo. Y para que la blanquitud se siga entendiendo a sí misma como el centro. Como decía Coates: «El sueño americano está construido sobre los cuerpos de los negros». El sueño colombiano también.

Es por eso que el caso de Karen Sevillano no es una excepción. Es una regla. Una evidencia. Un síntoma. Y nuestra tarea no es solo narrar el síntoma, sino denunciar el virus. Desmontar los discursos, exponer los mecanismos. Usar la palabra como contraataque. Como vacuna. Como memoria.

Porque si no lo hacemos nosotros —los Jonh Jak, las Karen, los cuerpos racializados negativamente que habitan este país enfermo de racismo—, nadie lo hará.


📚 Referencias bibliográficas (estilo APA 7ª ed.)

  • Baldwin, J. (1993). The fire next time. Vintage International. (Original publicado en 1963).
  • Coates, T.-N. (2015). Between the world and me. Spiegel & Grau.
  • Davis, A. (2003). Are prisons obsolete? Seven Stories Press.
  • Fanon, F. (2009). Piel negra, máscaras blancas (J. A. M. Fornell, Trad.). Ediciones AKAL. (Obra original publicada en 1952).
  • Gregory, D. (1964). Nigger: An autobiography. E. P. Dutton.
  • hooks, b. (1992). Black looks: Race and representation. South End Press.
  • hooks, b. (2000). Where we stand: Class matters. Routledge.
  • Mbembe, A. (2016). Políticas de la inhumanidad. En Crítica de la razón negra (pp. 109–132). Ediciones Bellaterra.
  • Restrepo, E., & Rojas, A. (2004). Genealogías del racismo en Colombia: prácticas de blanqueamiento y mestizaje. Universidad del Cauca.
  • Wade, P. (2010). Race and ethnicity in Latin America. Pluto Press.
  • Quijano, A. (2000). Colonialidad del poder y clasificación social. Journal of World-Systems Research, 6(2), 342–386.
  • Rivera Cusicanqui, S. (2010). Ch’ixinakax utxiwa: Una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores. Tinta Limón.
  • Comisión Étnica para la Paz y la Defensa de los Derechos Territoriales. (2017). El acuerdo final y los derechos de los pueblos étnicos. https://comisionetnicaporlapaz.org/

 

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